política

La sesión de embestir, dura

Felón y falón, el candidato PDR SNCHZ ha vuelto a someterse a una sesión de investidura. Auspiciado por los catalanistas moderados, la izquierda sensata y el Sindicato de Curas Contra la Pedofilia, el dotado líder del PSOE ha querido madrugar, calentar pronto un escaño desde el que contemplar a la derecha falta de oxígeno arribar corriendo al grito de «nosotros llegamos antes».

Entre tanto, han tenido que desalojar a los monos, que anoche invadieron la sala para aprovechar los cacahuetes que aún quedaban por comer. «¿Qué pesebre es este?» se preguntaba una diputada de Vox, que había olvidado el motivo de la pretérita sesión; dedicada al cementerio de elefantes que fue La Transición.

Pablo Iglesias venía con ojeras, aquejado por la última noche rajándolo tibio en el grupo de Guásap. Su mirada, taciturna, era incapaz de dilucidar cuantos prefijos ultra- se pueden apilar sin inspirarle otra canción a Chimo Bayo (¡ultraultraultaultra!). «¿Cuatro serán mucho, cariño?¿Cariño?», le ha preguntado a su concubina (y heredera de Matahari), Irene Montero, que escrutaba la sala pensando con quién dar el próximo braguetazo. Como de costumbre, Echenique ha tenido que dar su opinión inopinable remarcando que «el Satisfyer se inventó pensando en mi silla», que «chúpame la minga dominga que soy feminista».

Entre tanto, Adriana Lastra se ha dejado pintar los labios con el glande de Abascal, teñido de un carmín bermejo provisto por Ortega Smith (quien no dudó en masturbarse leyendo a Escrivá de Balaguer). Todo esto, contemplado sin estupor por la Señora Arrimadas, que ha conseguido mantener la cocaína a raya y el vestido a juego con la chaqueta. Una pena que los atuendos de los mencionados (y las mencionadas) hayan acabado de igual manera: emponzoñados por las heces que los antisistema de la CUP han lanzado contra el hemiciclo bajo la consigna «España huele a mierda porque nosotros estamos dentro».

En lo relativo a las chaquetas, marejada-marejadilla, chaquetada-chaquetadilla. Amenaza de hundimiento sin más lesiones que las sufridas por El Rey; comodín ubicuo para quienes obren en la liga de repartir carnés. Enérgicos los síes y noes y abstenciones, todos los votos se han hecho en el nombre de España y en el apellido de cada cual.

Aplausos aquí y aplausos allá contra el transfuguismo, aunque alguna palmada ha ido directa al resto de -ismos posible: socialismo, feminismo, capitalismo, machismo, ecologismo, pluralismo, socialismo otra vez, racismo, nacionalismo, y (denlo por sentado:) sudapollismo. El último aplauso se ha dedicado al sueldo que los parlamentarios cobran por hacer (o no) su trabajo: «¡Sí se puede!¡Sí se puede!», celebraban.

Así las cosas, el diagnóstico sigue inmutable: chiringuitosis aguda con abscesos de pseudoelocuencia, en forma de tuits virales y artículos sensacionalistas. No se preocupen, que el país sigue igual; y si hasta ahora no se han preocupado pues sigan sin preocuparse.

(Y que me perdone Burroughs por copiarle la idea.)

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